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El joven colombiano que protege los últimos lugares salvajes del océano junto a National Geographic

Juan Mayorga tiene 28 años, es investigador del programa Pristine Seas de National Geographic y trabaja por mejorar la transparencia de las pesquerías globales. Asegura que estas han arrasado con la fauna marina. Sus hallazgos ya ha sido publicados en la revista Science.


Juan Mayorga en su expedición de la Isla Malpelo. Foto: SEMANA

De niño, uno de los momentos favoritos de Juan Mayorga era cuando la revista National Geographic llegaba a la puerta de su casa. Con su padre pasaba horas viendo las imágenes y leyendo los reportajes de los científicos que llegaban a los lugares más remotos del planeta. No imaginaba que 20 años después sería él quien estaría del otro lado.
“Con mi papá nos preguntábamos ‘¿quién financiará este tipo de aventuras?’ Concluimos que sólo los millonarios o los genios podían llegar allí. Pero como yo no era ninguno de los dos pensé que estudiando mucho tal vez podría acercarme’.
Desde entonces su pasión por la biología y el mundo marino definió el rumbo de su vida. Tras graduarse del colegio decidió irse a aprender inglés por seis meses a Filipinas—un lugar donde la mayoría depende del mar para subsistir— y no a Londres, el destino de moda entre sus amigos.  Allí confirmó que quería dedicar su vida a cuidar los océanos del mundo. “No sólo me di cuenta que la vida marina era espectacular, sino que muchas personas dependen de ella”.

Como sus padres no estuvieron de acuerdo en que estudiara biología marina, al regresar a Colombia Mayorga se convirtió en un ingeniero ambiental y poco a poco fue abriéndose camino en lo que le gustaba. "Había algo dentro de mi que no se sentía satisfecho, me faltaba esa pasión por el mundo natural así que tomé muchas clases de biología y así empecé a conectarme yo solo con ese mundo”.

Desde entonces el camino de Mayorga ha estado lleno de sacrificios y casualidades. Al graduarse de la universidad aplicó a al menos 60 universidades para hacer una maestría en lo que realmente le gustaba: el mundo marino. “De todas, la Universidad de California en Santa Bárbara fue la única que se apiadó de mí (risas). Sólo recibí la respuesta de un profesor que leyó mi historia. Me contó que había una beca para gente de Latinoamérica así que apliqué y gané”.

Tiempo después ese mismo profesor lo contactó con Enric Sala, líder del proyecto de ‘Pristine Seas’ de National Geographic y con quien trabajó en su primer estudio de investigación que pretendía cuantificar el valor  de un tiburón vivo versus uno muerto en los oceanos.
 “Este argumento ayudó a la creación en 2016 de una reserva marina cien por ciento protegida en las islas de Darwin y Wolf en Galapagos. La tesis no sólo fue interesante académicamente sino que también tuvo un impacto real en el mundo”, afirma.
Hoy, con 28 años, Mayorga hace parte del proyecto Pristine Seas de National Geographic considerado como la iniciativa de conservación marina más importante de la organización. Y junto a ellos y la Universidad de California ha tenido la oportunidad de participar en diferentes expediciones marinas. Su proyecto más reciente es Global Fishing Watch (GFW), un base de datos capaz de detectar la actividad pesquera en el mundo en tiempo real.
“En Global Fishing Watch colaboran importantes empresas como Google y ONGs como Oceana y Skytruth”. 
El objetivo es rastrear barcos alrededor del mundo para identificar donde, cómo y quién está pescando. Esto es posible gracias a la sinergia de datos satelitales y modelos de inteligencia artificial que envían registros de aquellas embarcaciones que lo hacen de manera ilegal.

Más o menos unos 200 mil barcos alrededor del mundo tienen dispositivos parecidos a GPS que se usan para evitar que los barcos choquen y comuniquen su posición, velocidad e identidad. Lo que GFW hace es procesar estos datos e identificar patrones una y otra vez con ayuda de la inteligencia artificial. “Un barco se mueve diferente cuando está en tránsito a cuando está haciendo una maniobra de pesca”, explica. Y esta es la clave que les permite detectarlo.

Según Mayorga, este trabajo no tiene precedentes en el mundo.  Durante décadas las pesquerías de todo el mundo han operado sin mucho control.  “Controlar la pesca ilegal ha sido muy difícil porque significa tener barcos patrullando los mares constantemente y eso es muy costoso. Pero estas tecnologías hacen que el monitoreo sea más eficiente. Al colaborar con gobiernos, el monitoreo de la pesca ilegal puede ser mucho más fácil”, dice.

Hoy la realidad es que nadie sabe de dónde viene el pescado que se comió, ni quien lo pescó. Y sin transparencia la sostenibilidad es prácticamente imposible. Las diferentes organizaciones han advertido que las poblaciones de peces grandes y depredadores se han reducido a menos de 90 por ciento en su estado virgen. Y más o menos el 30 por ciento está siendo sobre explotada. 
“Las pesquerías han estado arrasando con la fauna marina por muchas décadas“, dice Mayorga.
Datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) también demuestran que el 50 por ciento de los productos extraídos del mar a nivel mundial provienen de la pesca ilegal. Y que un cuarto de las especies de tiburones está en peligro de extinción.

Los primeros hallazgos de este proyecto, publicados en la revista Science, también marcan precedentes importantes. Entre sus conclusiones principales está que cinco países (China, España, Taiwán, Japón y Corea del Sur) representan el 85 por ciento de la actividad pesquera mundial y que su huella a nivel global cubre el 55 por ciento del océano, es decir un área cuatro veces mayor que la dispuesta para la agricultura y la ganadería en todo el mundo. Los investigadores también advierten que sólo en 2016 los barcos viajaron una distancia equivalente a ir a la luna y regresar 600 veces. “Son  descubrimientos que dan una idea más concreta de la magnitud de lo que significa la industria pesquera mundial”, dice.

Actualmente, Mayorga también trabaja en una expedición científica usando submarinos y cámaras remotas para resaltar la magia y la belleza de Malpelo. Para él, proteger los últimos lugares salvajes del océano es una tarea fundamental pues recuerdan los mares de hace 500 años. “Nos habla de lo que hemos perdido, pero nos da un vistazo de lo que aún podemos recuperar”.


Fuente: Semana

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