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Genes al taller

Editar genes a conveniencia en embriones es una asombrosa realidad. Comienza el debate científico.

Foto:Reuters

Que por primera vez la ciencia haya logrado eliminar en un embrión humano un gen anómalo causante de un mal cardiaco capaz de desencadenar la muerte súbita es algo así como alcanzar el futuro.
Y no es para menos, porque eso de cortar y pegar trozos de ADN a conveniencia, de manera versátil y sencilla, como lo acaba de hacer un equipo internacional de investigadores para refaccionar una mutación transmitida por una enfermedad, pone un verdadero guardacantón en la senda de la –para algunos esperanzadora y para otros tenebrosa– ingeniería genética.

El asunto es de tal dimensión que le da cimentos sólidos a lo que hasta hace poco no pasaba de ser una posibilidad remota: curar enfermedades hereditarias a través de una cirugía genética de precisión, desde el mismo momento de la gestación.Asombroso.

Sin embargo, este revolucionario trabajo del equipo liderado por Shoukhrat Mitalipov, director del Centro para Células Embrionarias y Terapia Génica de la Universidad de Oregón, y publicado la semana pasada en la revista científica Nature reaviva el debate sobre los límites de la ciencia ante la perspectiva –ya realista– de editar genes con fines que desborden lo benéfico y caer en el diseño de seres humanos a conveniencia.

Una discusión, sin duda, válida ante la premisa de que el mundo de los expertos en estas sofisticadas manipulaciones no es, ni mucho menos, homogéneo. De hecho, mientras que unos confían en que estos avances son la vía para erradicar trastornos antes del nacimiento, para otros es un escenario que maltrata la biología de modo antinatural y peligroso.
Todo porque los cambios hechos a los embriones en el laboratorio se transmitirán a las generaciones siguientes y, en teoría, se desconoce la carga de efectos que contiene, lo cual se suma la aprehensión motivada por la presunción sobre los usos no propiamente terapéuticos de estas herramientas, como cambiar por capricho los rasgos que no le gustan a toda una familia, o la de generar individuos con potenciales capacidades superiores al común.
Y justo aquí deben aparecer las voces expertas y las normas sensatas. Los avances tienen que continuar, pero en la dirección correcta. Urge evitar las restricciones absurdas, basadas en ideas más cercanas al campo de la ficción que de la ciencia real.
Eso sí, hay que ser claros y enfatizar que lo hecho por estos investigadores fue reparar una sola mutación en un único gen conocido y que es poco probable que la ciencia sea capaz de predestinar la voz de Madonna, la velocidad de Usain Bolt o la inteligencia de Stephen Hawking, porque esas características surgen de la interacción de un número no identificable de genes, y pensar que ello es posible es simplificar de manera ligera la complejidad de un individuo.
El mundo debe entender que la ingeniería genética no es una proposición de todo o nada y que hay un terreno intermedio de beneficio colectivo que debe marcarse con leyes éticas, equitativas y desprendidas de intereses indebidos.

Le llegó la hora a la inaplazable discusión abierta sobre este tema, con miras a lograr acuerdos serios e inamovibles en los cuales prime el rigor científico y no el ruido desestructurado de la falsa moral y el fanatismo.

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